|
La
teología con la que otros y yo nos hemos estado comprometido en
Sudáfrica ha sido descrita como teología contextual. Las
cuestiones teológicas con las que lidiamos eran cuestiones que
surgían de nuestro contexto social, el cual era en buena medida
el contexto social del apartheid y de la lucha contra éste. El
contexto actual es diferente - muy diferente. Es mucho más complejo
y no resulta fácil analizarlo ni definirlo.
Con todo, una característica notable de nuestros días en
el mundo entero y particularmente en Sudáfrica es la desesperanza.
Vivimos en una época de pérdida de la esperanza. Durante
siglos habíamos experimentado
esperanza y optimismo de uno u tipo - político, económico,
científico, religioso. Ahora de pronto casi todo el mundo se halla
hundido en un estado de desesperanza. Éste es nuestro nuevo contexto
o al menos el estado de ánimo sentido más profundamente
en nuestros días.
En este contexto justamente es en cual somos llamados como cristianos,
con palabras de la Primera Carta de Pedro, "a dar razón de
la esperanza que hay en nosotros".
Comencemos por un breve análisis de la esperanza de otros tiempos
que ahora ha dado paso a la desesperanza de estos días.
Nuestra
época de desesperanza
El
siglo XVII en Europa dio origen a un gran arrebato de optimismo. Se le
llamó Edad de la Razón. Los filósofos y científicos
de esa época rompieron con el autoritarismo de la iglesia y, valiéndose
de la sola razón, se tornaron optimistas entusiastas de lo que
llamaban "progreso humano". Estaban convencidos de que, apoyándose
en la razón y en el pensamiento científico, la humanidad
llegaría a ser capaz de resolver sus problemas.
Paso a paso este sueño fue convirtiéndose gradualmente en
una pesadilla. Hubo ciertamente muchos logros y beneficios, pero una vuelta
tras otra los seres humanos se tornaban irrazonables, crueles y egoístas.
La Revolución Francesa y la Revolución Rusa acabaron siendo
violentas y opresivas. La Alemania nazi se hizo totalmente inhumana. El
colonialismo lo fue todo menos razonable y progresista. Muy pocos son
hoy en día quienes aún creen que la ciencia, la tecnología
y la razón por sí solas resolverán todos nuestros
problemas.
En Sudáfrica se generó una gran esperanza por la lucha para
desmantelar el apartheid y el éxito que se tuvo, por los acuerdos
negociados, por la transición más o menos pacífica
a la democracia, por nuestra nueva Constitución y por el liderazgo
carismático de Mandela. Pero de entonces a esta parte nuestras
esperanzas se han mermado gradualmente; hoy en día el estado de
ánimo sólo puede describirse como desilusión y desesperanza.
Hay, por supuesto, excepciones: algunos conservan la esperanza.
Hace un tiempo millones de gente en todo el mundo basaron su esperanza
en el desarrollo de un mundo socialista de equidad y participación.
Pero a medida que los gobiernos comunistas en Europa del Este y la Unión
Soviética se fueron tornando totalitarios y opresivos, y llegaron
al colapso en un momento dado, esta esperanza se derrumbó.
Se presentó luego la era esperanzadora de la expansión capitalista
con la economía de libre mercado. El mercado vendría a resolver
todos nuestros problemas con tal no interferir en él ni regularlo.
La perspectiva de un crecimiento económico ilimitado y de un desarrollo
económico en todo el mundo produjo un acrecentamiento asombroso
de la esperanza.
Esto duró algún tiempo. Pero ahora esta burbuja también
reventó con la caída de los bancos y el debilitamiento de
la economía porque el mercado nos engañó. Para algunos
ésta es otra razón para desesperar, sobre todo porque los
pobres se harán más pobres más rápido que
antes.
En la iglesia hay también un sentimiento creciente de abatimiento.
El Concilio Vaticano II infundió en muchos de nosotros un entusiasmo
esperanzador acerca del futuro de la iglesia. Parecía como si estuviésemos
alejándonos de una iglesia autoritaria y jerárquica y yendo
hacia la libertad radical de Jesús y el Evangelio. Pero de entonces
a la fecha los logros del Concilio han sido socavados y revertidos lenta
e inexorablemente.
Añádase a esto los escándalos sexuales y la manera
como han sido solapados por la iglesia, aunados a la actual falta de vocaciones
al sacerdocio y la vida religiosa, y se tendrá una receta para
la desmoralización y la desesperanza.
Sin embargo, no todo el mundo se encuentra en estado de desesperanza.
Hay algunos signos de esperanza, como los nuevos gobiernos latinoamericanos
a favor de los pobres y la elección de Barack Obama en los Estados
Unidos. Pero en términos generales los signos que vemos apuntan
a un mayor desánimo y decaimiento, a más sufrimiento y miseria
para los pobres.
Además, como negros nubarrones de mal augurio se cierne sobre esta
situación la amenaza del calentamiento global y el cambio climático,
y de la falta de voluntad política para realizar las transformaciones
necesarias a fin de salvar al planeta. Quienes trabajan en este campo
de preocupaciones comienzan a dudar de si la vida humana habrá
de sobrevivir en este planeta - por no hablar de otras formas de vida.
Sin embargo, lo que quiero argumentar es que este giro de la esperanza
a la desesperanza no es un desastre. Es una nueva y magnífica oportunidad
de desarrollar la esperanza cristiana genuina.
La
esperanza cristiana
Para
un cristiano la esperanza existe, siempre la habrá. En palabras
de Pablo, nosotros esperamos contra toda esperanza, es decir, nos mantenemos
firmes en la esperanza aun cuando no parezca haber en absoluto signos
de esperanza.
¿Por qué? Porque nuestra esperanza no se apoya en los signos.
Nuestra esperanza se apoya en Dios y únicamente en Él. Nosotros
ponemos toda nuestra esperanza y confianza en Dios, al menos tratamos
de hacerlo así.
Pero, ¿qué significa tener toda nuestra esperanza y confianza
puestas en Dios? Esto, quiero plantearlo así, es la cuestión
teológica clave de nuestros días. Es una cuestión
particularmente difícil porque para mucha gente hoy en día
Dios está muerto o es irrelevante, un concepto que carece de sentido.
Para muchos poner su esperanza y confianza en Dios suena como evasión
piadosa.
¿Qué significa, pues, confiar en Dios? Significa en primer
lugar, citando el Salmo 146, que nosotros no depositamos nuestra esperanza
en los poderosos: "No confíen en los príncipes, / seres
de polvo que no pueden salvar
/ Dichoso
quien espera en el
Señor su Dios" (146,3.5).
Nosotros no podemos confiar en las promesas de los poderosos: señores
de la política, de la industria, aun de la iglesia.
Naturalmente, es útil contar con buenos líderes, pero en
última instancia nosotros no podemos afincar nuestra esperanza
del futuro en ningún líder humano quienquiera que sea. Esto
no sólo porque todo ser humano, aun nosotros, es falible, débil
y propenso a cometer errores, sino porque -esto es más importante
aún- porque ninguno de nosotros, como individuo o en conjunto,
es lo suficientemente poderoso y omnisciente para salvar al mundo.
Tampoco podemos afincar nuestra esperanza y confianza en ninguna institución
humana cualquiera que sea: partidos políticos, iglesias, gobiernos,
empresas eléctricas como Eskom. Todas ellas pueden equivocarse
y fallar.
Ni podemos afincar nuestra esperanza del futuro en ninguna ideología
sea la que fuere: las ideologías del socialismo o las del libre
mercado ni aun en la democracia.
Poner toda nuestra esperanza y confianza en Dios significa que, si bien
hemos de valorar y apreciar las contribuciones de los poderosos, las instituciones
y las ideologías, al fin de cuentas no hemos de tratarlas como
si fueran el fundamento absoluto e inconmovible de nuestras esperanzas
de futuro. Justamente ahora hemos comenzando a descubrir qué poco
fiables son todas estas cosas.
La tentación última es no confiar sino en nosotros mismos.
"Al parecer yo soy el único que sabe qué es lo mejor
para el mundo, lo único que falta es que los demás me escuchen".
Por otra parte, si uno no confía en nadie ni en nada, ni siquiera
en sus propias ideas, la vida se haría completamente imposible.
Debo tener al menos algo de confianza en el piloto que conduce el avión
o en los científicos que elaboran la medicina que tomo o en el
doctor que diagnostica mi enfermedad. Ninguno
es infalible, pero yo me juego un riesgo calculado cuando confío
en ellos. Con todo, en última instancia
no puedo afincar toda mi esperanza y confianza en ninguno de ellos, ni
siquiera en mí mismo.
Hay también, por supuesto, gente cuya confianza en Dios es malsana.
Puede convertirse en una evasión, una manera de rehuir la necesidad
de actuar, y de actuar con sabiduría y entereza. Ello depende en
buena medida de la manera como vemos a Dios. Pero también depende
mucho de las cosas que esperamos. Vivimos en una época de desesperanza
no sólo porque la gente ha edificado sus esperanzas sobre fundamentos
endebles, sino también porque muchos de nosotros hemos estado esperando
cosas vanas.
¿Qué
es lo que esperamos?
El
objeto de la esperanza cristiana es la venida del Reino de Dios, el reinado
de Dios en la tierra. Al rezar el Padre Nuestro rezamos: "Venga a
nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra". Nuestra
esperanza es que la voluntad de Dios se haga en la tierra.
Mucha gente hoy en día encuentra difícil de apreciar la
idea de la voluntad de Dios. Otros, en cambio, son propensos a pensar
que saben exactamente qué es lo que Dios quiere y en qué
consiste el Reino de Dios.
Hay, con todo, una cosa de la que podemos estar seguros: la voluntad de
Dios no es arbitraria. Cuando hablamos de mi voluntad a menudo nos referimos
a algo arbitrario, a mi elección arbitraria de lo que se debe hacer.
Imponerla a los demás sería indudablemente opresivo.
La voluntad de Dios es diferente. Lo que Dios quiere es siempre "el
bien común". Lo que Dios quiere es lo que es mejor para todos
nosotros juntos, lo que es mejor para toda la creación. No siempre
nos resulta fácil, naturalmente, apreciar qué es lo mejor
para todos, pero si nuestros esfuerzos miran a hacer, en cuanto es posible,
lo que sirve al bien común, entonces estaremos
haciendo la voluntad de Dios, y en esa medida la voluntad de Dios se está
haciendo en la tierra.
Algunos pensarán que lo mejor para todos no es lo mejor para mí
como individuo, y que lo mejor para mí entrará en conflicto
con las necesidades de los demás y con el bien común. Esto
no es verdad. Lo que es lo mejor para todos es también lo mejor
para mí. En otras palabras, la voluntad de Dios es una manera de
decir que lo mejor para todos es también lo mejor para mí
- aunque me resulte muy difícil hacerlo.
El objeto de la esperanza cristiana es, por tanto, el bien común.
El problema con la esperanza en el pasado es que con frecuencia era esperaza
de algo que no habría de servir al bien común de todos los
seres humanos ni de toda la creación. El objeto de estas esperanzas
ha sido a menudo egoísta e interesado, egocéntrico y estrecho
de miras: esperanzas de un futuro mejor para mí, para mi familia
y para mi país a expensas de la demás gente; esperanzas
de crecimiento económico y altos niveles de bienestar para unos
cuantos sin contar con los demás. Esto no es la voluntad de Dios
ni el bien común.
Confiar
en la acción de Dios
Cuando
trabajamos por el bien común (y mucha gente lo está haciendo
en el mundo), entonces nuestro trabajo se convierte en participación
en el trabajo de Dios. Hemos visto que, como cristianos, el fundamento
de nuestra esperanza es Dios y el objeto de nuestra esperanza es la voluntad
de Dios. Pero tal vez sería más útil decir que nosotros
confiamos en el trabajo de Dios.
Dios obra en todo el universo y siempre ha sido así. Es Dios quien
ha dado existencia a todas las cosas y es Él quien sostiene en
su acción a todas las cosas en el magno despliegue del universo.
Dios ha actuado a todo lo largo de la historia humana y continúa
involucrándose en el mundo de la política, la economía,
la religión - por no decir lo que llamamos "naturaleza".
Y no menos, Dios actúa en ti y en mí. No existe ningún
ámbito de la vida del cual Dios pueda ser excluido.
Esto no significa que todo está bien y que nosotros no somos responsables
de lo que sucede en nuestras vidas. Hay obviamente muchas cosas que está
mal, es más hay cosas que son de suyo malas. Pero Dios se halla
implicado en todo ello en formas que son sumamente misteriosas.
En última instancia, la causa de todo lo que es malo y es pecado
reside en el egoísmo humano. No podemos tratar este punto ahora,
pero podemos sentirnos reconfortados con la fe de que Dios siempre actúa
pese a todo, y que lo hace de manera tal que todo esto cambiará
cuando la voluntad de Dios se haga en la tierra como en el cielo.
La obra de Dios no puede fallar, es totalmente confiable.
La esperanza cristiana, por tanto, la esperanza que Jesús nos comunicó,
significa confiar totalmente en la acción de Dios en todas las
cosas, es decir, significa confiar en la bondad de este gran despliegue
del universo de cual formamos parte.
¿Dónde
está tu Dios?
Todo
depende, a fin de cuentas, de nuestra fe en Dios y en su acción
magnífica. La esperanza se apoya en la fe - en creer en Dios. Si
nuestra fe es débil, nuestra esperanza será también
endeble. Jesús así lo enseñó reiteradamente:
"Tu fe te ha salvado".
El problema hoy en día es que no es fácil creer en Dios
o más bien entender lo que significa creer en Dios. Sin embargo,
algunas cosas acerca de Dios son cada vez más claras. Por ejemplo,
a propósito del gran problema del sufrimiento en el mundo, hemos
cambiado nuestra forma de ver a Dios como causa de este sufrimiento, a
verlo como quien permite que la gente sufra, hasta verlo por fin como
quien sufre con nosotros. Hemos de encontrar a Dios entre las víctimas
de la injusticia, entre aquellos contra quienes cometemos pecados, los
pobres y los marginados, los enfermos y los excluidos. Esto fue lo que
Jesús nos enseñó. Este es el significado de la crucifixión.
Jesús fue víctima de la crueldad humana.
Pero ¿de qué sirve un Dios impotente que sufre? ¿Cómo
podemos depositar toda nuestra esperanza y confianza en este Dios? Podemos
y debemos hacerlo porque Dios es poderoso, todopoderoso, mas no con el
poder de la fuerza o la coacción, sino con el poder de la compasión
y del amor. El poder opresor de la fuerza bruta y la violencia jamás
podrá ser apoyo de la esperanza cristiana. Éste no es el
poder de Dios, ésta no es su forma de actuar.
Como lo dije antes, nosotros esperamos contra toda esperanza. Seguimos
esperando aun cuando no haya signos visibles de esperanza. Reconocemos
la oscuridad y la aparente desesperanza de la situación actual
y ponemos nuestra confianza en Dios. Es entonces cuando poco a poco, en
la medida en que nuestros ojos se adaptan a la oscuridad de la desesperanza,
comenzamos a ver los rasgos emergentes y los perfiles de la grande y misteriosa
acción de Dios - el dedo de Dios, como Jesús la llama. Éstos
son los signos paradójicos de nuestros días que se tornan
visibles sólo cuando creemos que Dios actúa en nuestro mundo,
cuando aprendemos a contemplar la vida con una actitud de esperanza.
Apenas si nos queda tiempo para unos cuantos ejemplos.
Un activista connotado a favor de la paz dijo que tanta publicidad sobre
la guerra en Irak ha llevado a un incremento exponencial del número
de gente involucrada activamente en los movimientos por la paz en todo
el mundo. ¿No será éste el dedo de Dios que saca
el bien del mal?
El terrible sufrimiento de tanta gente por los conflictos violentos, los
terremotos, los tsunamis y las pandemias como el HIV/SIDA, puede causar
desesperanza en algunos, pero también provoca olas enormes de compasión.
Lo que el mundo necesita sobre todo es más compasión. ¿No
será ésta la obra enigmática de Dios?
El colapso reciente de muchos bancos y corporaciones ha sido atribuido
generalmente a la codicia de la gente más rica. Hasta hace poco
los millonarios parecían héroes, habían logrado lo
máximo. Pero ahora no sólo los pobres los ven como culpables
y criminales cuya codicia tenemos que pagar finalmente todos. ¿Este
raro descubrimiento no será obra de la providencia misteriosa de
Dios?
La reacción de muchos católicos ante los escándalos
por los abusos sexuales, su consternación por las víctimas
y por la insensibilidad de algunos próceres de la iglesia, han
contribuido enormemente a suscitar una conciencia viva de que la iglesia
necesita cambiar. ¿No ha sido esto una feliz culpa, una bendición
disfrazada?
El llamado al cambio de Barack Obama tal vez no habría recibido
una gran acogida en Estados Unidos y otras partes, si no lo hubiese precedido
la estupidez del neoconservadurismo de George W. Bush y sus asesores.
Me pregunto ante todo si el momento actual de desesperanza no estará
siendo usado por Dios para invitarnos a tenerlo a Él de manera
mucho más seria como el único apoyo de la esperanza en el
mundo. ¿No estará Dios escribiendo derecho en renglones
torcidos, como decía san Agustín?
¿No es esto lo que significa la muerte y resurrección de
Jesús? La muerte de Jesús, especialmente su muerte afrentosa
en la cruz, hundió a sus discípulos y a muchos otros en
un estado de desesperanza. Camino a Emaús los dos discípulos
comentaban: "Nosotros esperábamos que sería él
quien habría de librar a Israel". Pero su rechazo por los
líderes, los jefes de los sacerdotes y la gente, derrumbó
todas esas esperanzas. En la cruz el propio Jesús se sintió
abandonado por Dios: "¿Dios mío, Dios mío, por
qué me has abandonado?".
Pero quienes pese a todo mantuvieron su confianza en Dios, como el propio
Jesús lo había hecho, llegaron poco a poco a ver el dedo
de Dios actuando en esta tragedia terrible. Comenzaron por ver que Jesús
estaba vivo y activo de una manera sorprendentemente nueva; que había
resucitado de entre los muertos y que su Espíritu habitaba ahora
en ellos. Vieron que la cruz no había sido un fracaso total, que
era paradójicamente el triunfo de la acción de Dios en el
mundo; que la cruz era nuestra salvación y nuestra esperanza del
futuro.
Tenemos aquí de nuevo a Dios que escribe derecho en renglones torcidos.
Ésta es la razón por la cual la resurrección es para
los cristianos el gran símbolo de nuestra esperanza. No es el fundamento
de nuestra esperanza. El fundamento de nuestra esperanza es Dios, únicamente
Él. La resurrección es el dedo de Dios que podemos ver en
acción cuando ponemos nuestra esperanza y confianza en Él,
cuando comenzamos a entrever confusamente en la oscuridad que Jesús
sigue actuando en nuestro mundo.
Lo que en verdad cuenta a largo plazo, sin embargo, no es sólo
que alentemos una esperanza sino que actuemos con esperanza. La contribución
más valiosa que un cristiano puede hacer a nuestra época
de desesperanza consiste en seguir actuado, en virtud de nuestra fe, con
esperanza, y en ser de ser así un poderoso estímulo para
quienes han perdido toda esperanza.
[Traducción
de Francisco Quijano]
|